lunes, 22 de mayo de 2017

APROXIMACIÓN AL BALANCE DEL CICLO DE OCTUBRE (I)



Con la revolución Rusa de Octubre de 1917 se inició un ciclo revolucionario que abarcaría buena parte de Europa y de Asia. Pero, con el paso del tiempo, en todos aquellos países en los que se había iniciado la construcción del socialismo, se fue restaurando el capitalismo y, hoy día, en líneas generales, podemos afirmar que el Ciclo revolucionario de Octubre ha llegado a su fin. Hoy por hoy, sólo quedan dos procesos revolucionarios que todavía continúan activos. Uno, en India y otro en Filipinas. Ambos dirigidos por partidos comunistas revolucionarios.

Sólo estudiando las distintas experiencias revolucionarias podremos aprender de ellas y estaremos en condiciones de comprender como tuvo lugar la restauración del capitalismo en los antiguos países socialistas, sacando las conclusiones que nos permitan iniciar un nuevo ciclo de la Revolución Proletaria Mundial, esta vez, con garantía de éxito. De ahí la necesidad de que llevemos a cabo un balance general del Ciclo revolucionario de Octubre.

Para ello, debemos desprendernos de una serie de prejuicios que tienden a reducir nuestra capacidad de análisis y a justificar ciertos errores ideológicos y políticos que, por otra parte, es imprescindible superar para llegar a un conocimiento objetivo de las causas que posibilitaron que la revolución se desnaturalizase y que el poder del proletariado llegase a ser sustituido por el de una nueva clase social, la burguesía burocrática, surgida al amparo de los aparatos del partido y del Estado.

¿Cómo sucedió esto? Indudablemente no tuvo lugar de repente, de la noche a la mañana. La “caída” del socialismo no fue producto ni de un golpe de Estado interno, ni de una invasión exterior. Más bien, fue consecuencia de un lento y complejo proceso de degeneración burocrática que condujo a la desnaturalización del socialismo. Inicialmente nos centraremos en las condiciones que hicieron posible esto en la URSS.

Los factores que contribuyeron a ello fueron numerosos y de diversa índole, tanto en el plano económico y social como en el plano político e ideológico.

Si atendemos a los factores sociales y económicos nos encontramos, por una parte, la herencia ideológica de la Segunda Internacional. En concreto, nos referimos especialmente a aquellos errores que se derivaban de una concepción economicista del socialismo. Por ejemplo, los que identificaban el socialismo con la propiedad estatal de los medios de producción (las relaciones de clase con las formas jurídicas de propiedad), sin poner en cuestión quien controlaba realmente el aparato del Estado y, por medio de él, los citados medios de producción [1].

Así como aquellos otros que atribuían una importancia determinante al nivel de desarrollo de las fuerzas productivas, dándoles la primacía, en la necesaria transformación de las relaciones sociales de producción. Una herencia a la que ni el propio Lenin, el indiscutible dirigente revolucionario, pudo sustraerse por completo.

En el plano ideológico, nos encontramos que durante todo el período socialista se da una pugna incesante entre la línea revolucionaria que lucha por avanzar hacia el Comunismo y la línea revisionista-oportunista cuyo objetivo es restaurar el Capitalismo. Hasta que no se alcance el Comunismo, hasta que no se extinga toda forma de dominación de unos seres humanos por otros, la teoría revolucionaria es susceptible de “contagiarse” de ideología burguesa bajo la forma de revisión del marxismo pues mientras existan las clases sociales existe una base material para el desarrollo ideológico de cada una de ellas.

1.- Sobre la concepción economicista del socialismo

En noviembre de 1919, Lenin planteó que:

“Teóricamente, no cabe duda de que entre el capitalismo y el comunismo existe un cierto periodo de transición. Este periodo no puede dejar de reunir los rasgos o las propiedades de ambas formaciones de la economía social, no puede menos de ser un periodo de lucha entre el capitalismo agonizante y el comunismo naciente; o en otras palabras: entre el capitalismo vencido, pero no aniquilado, y el comunismo ya nacido, pero muy débil aún…” [2]. 

Sin embargo, el principal obstáculo que se opone al avance en la construcción del socialismo, al desarrollo de una política social y económica coherentes e interdependientes (en interrelación dialéctica) que lo posibiliten, no se encuentra en el bajo nivel de desarrollo de las fuerzas productivas, sino en la naturaleza, en el carácter, de las relaciones sociales de producción dominantes en dicho periodo histórico.

Es decir que el verdadero obstáculo se encuentra simultáneamente en la reproducción de la división capitalista del trabajo y en las relaciones sociales (ideológicas y políticas) de producción que, aunque son un efecto de dicha división del trabajo, también constituyen las condiciones sociales en que esta se reproduce, porque son las que permiten “funcionar” a los individuos y a las empresas como “sujetos” que confieren la primacía a los intereses particulares respecto a los intereses colectivos.

Lo que es cierto es que el mero desarrollo (técnico y cuantitativo) de las fuerzas productivas no puede nunca, por sí sólo, hacer desaparecer las formas capitalistas de la división del trabajo ni el resto de las relaciones sociales (de producción) burguesas. Hay que tener en cuenta que la división capitalista del trabajo implica la reproducción de la contradicción entre el trabajo manual (físico) y el intelectual; así como entre el trabajo de ejecución y el de dirección.

Lenin ya era consciente de que en el socialismo continuaban existiendo las clases sociales y también la lucha entre ellas. En ese sentido, dijo que:

“El socialismo es la supresión de las clases, la dictadura del proletariado ha hecho en este sentido todo lo que estaba a su alcance. Pero no se puede suprimir de golpe las clases.

Y las clases han quedado y quedarán durante la época de la dictadura del proletariado. La dictadura dejará de ser necesaria cuando desaparezcan las clases. Y sin la dictadura del proletariado las clases no desaparecerán.

Las clases han quedado, pero cada una de ellas se ha modificado en la época de la dictadura del proletariado; han variado igualmente las relaciones entre ellas. La lucha de clases no desaparece bajo la dictadura del proletariado, lo que hace es adoptar otras formas” [3].

Únicamente la lucha de clases en el propio terreno de la producción, en las condiciones de la dictadura del proletariado, si se plantea correctamente y con la perspectiva de la transformación revolucionaria de la sociedad, se apoya en la propia experiencia adquirida por las masas y se guía por una correcta orientación teórica (ideológica y política), podrá lograr la superación de las relaciones económicas y sociales capitalistas.

Para ello, será necesario atacar simultáneamente la división capitalista del trabajo y las relaciones (ideológicas y políticas) que permiten la reproducción de las relaciones de explotación y de opresión.

Sin embargo, en la Rusia soviética, como consecuencia de esa herencia ideológica que se mantenía desde los tiempos de la Segunda Internacional y con la que no se había roto adecuadamente, no se planteó esta lucha de un modo correcto.

2.- La NEP y el capitalismo de Estado

En mayo de 1918 se sublevaron varios generales zaristas en distintas regiones de Rusia y con el apoyo de diversas potencias extranjeras, principalmente Inglaterra y Japón, dieron comienzo a una guerra contrarrevolucionaria para aplastar al joven poder soviético. La guerra civil duró hasta finales de 1920, y tuvo unas consecuencias que en el plano político debilitaron al poder revolucionario ya que, como consecuencia del desabastecimiento de las ciudades, el gobierno soviético se vio obligado a aplicar unas medidas extraordinarias que se conocieron como el “comunismo de guerra”.

Entre las medidas adoptadas estaba la de requisa forzosa de productos agrícolas en las zonas rurales para poder así abastecer a las ciudades. Esta dura medida resquebrajó la alianza obrero-campesina en que se sustentaba el poder revolucionario y una vez finalizada la guerra, obligó al gobierno soviético a suavizar la política agraria, con objeto de recomponer la alianza con los campesinos, lo que le llevó a abandonar la política del “comunismo de guerra” y a adoptar la Nueva Política Económica (NEP).

Esta nueva orientación de la economía fue aprobada en el X Congreso del PC (8 al 16 de marzo), que precisamente coincidió con la sublevación de la guarnición de Kronstadt (2 al 17 de marzo), que había puesto de manifiesto el agotamiento de la política del “comunismo de guerra”.

Entre otras cosas, la NEP se caracterizó por la sustitución de la requisa forzosa por el establecimiento de un impuesto progresivo en especie, más llevadero para los campesinos, la libertad de comercio, el retorno al mercado y a la economía monetaria, la admisión de una pequeña y mediana industria privada, el llamamiento a las inversiones extranjeras (bajo el control del Estado), etc. En definitiva, la NEP supuso un retorno a la concepción del “capitalismo de Estado” que el gobierno soviético había mantenido hasta 1918.

La adopción de la NEP fue una especie de “paso atrás” imprescindible. La revolución había logrado sobrevivir a un durísimo precio. La producción agrícola había descendido un 60% respecto a la de 1914 y la industrial se había situado en un 15% de la de aquel año. El despoblamiento de las ciudades y la emigración al campo había tomado un ritmo acelerado. El nivel de vida estaba bajo mínimos y en el invierno de 1920-21, como consecuencia del frío y del hambre, hubo una gran mortandad, que algunos autores la sitúan en torno a los dos millones de muertos.

Los resultados económicos que tuvo la aplicación de la NEP fueron casi inmediatos. Pero, al mismo tiempo, la NEP también representaba un peligro para el joven poder soviético. Las fuerzas del mercado revigorizaron a los campesinos ricos, así como a una nueva pequeña burguesía ligada al comercio. Igualmente, favoreció el crecimiento de un amplio sector de técnicos y especialistas, buena parte de los cuales eran burgueses, que fueron empleados en la industria, así como también una gran cantidad de antiguos funcionarios del aparato del Estado zarista que pasaron a engrosar la naciente burocracia soviética.

La “vuelta” al capitalismo de Estado, indica la importancia que tuvo este concepto, durante un largo periodo, tanto para el partido bolchevique como para el propio Lenin.

3.- La “autonomización” de los aparatos administrativos

Ya en los primeros años de la revolución, entre 1917 y 1923, comienza a desarrollarse un proceso de progresiva separación (“autonomización”) de los aparatos económicos y administrativos del nuevo Estado soviético respecto a la clase que teóricamente constituía la base de los mismos. Se trata de un proceso de características complejas y que, en lo fundamental, tuvo su origen en la actuación simultánea y combinada de dos causas distintas, aunque interrelacionadas dialécticamente.

Por una parte, en la creciente penetración de elementos burgueses en los aparatos del partido y el Estado soviético. Una penetración que reconoció el propio Lenin en su alocución al VIII Congreso del partido, cuando admitió que el poder soviético se había visto obligado, políticamente, a “confiar nuevos puestos” a los “viejos elementos burocráticos” y que “los burócratas zaristas han comenzado a infiltrase en las instituciones soviéticas y a llevar a ellas el burocratismo disfrazados de comunistas… Los hemos arrojado por la puerta, pero vuelven a colarse por la ventana” [4]. Por otra, en el reforzamiento de las prácticas burguesas, sobre la base objetiva del predominio de unas relaciones sociales burguesas o pre-burguesas [5].

Como consecuencia de este proceso de “autonomización” de los aparatos del Estado, tuvo lugar un creciente debilitamiento del papel dirigente del proletariado sobre ellos y, por consiguiente, un reforzamiento de la burguesía. En definitiva, este proceso de “autonomización” consistió en un proceso de lucha de clases [6], algunos de cuyos aspectos se manifestarían en el importante papel atribuido a los directores técnicos y administrativos, en detrimento de los sindicatos y del conjunto de trabajadores, en la elaboración “por arriba” de los reglamentos y normas de trabajo, etc.

4.- La desproletarización del partido comunista

Otro de los aspectos que es necesario tener en cuenta es el del crecimiento incontrolado del aparato del partido comunista, con la entrada en él de números elementos arribistas, de procedencia pequeño burguesa, lo que tuvo lugar desde mediados de la década de los años veinte, y que condujo a una progresiva pérdida del carácter de clase del partido.

En el censo realizado en enero de 1927, se decía que el porcentaje de obreros industriales y del transporte miembros del partido era de un 30%, el de obreros agrícolas era de un 1.5%, y el de campesinos un 8.4%, mientras que los “empleados” y “otros” representaban un 60.1% [7]. Y, según una circular de Molotov (Secretario del CC.), de agosto de 1925, en la que se establecía la terminología apropiada para la elaboración de censos e informes, se consideraba “empleados” a los funcionarios miembros de los aparatos administrativos, económicos, culturales, etc. y el concepto de “otros” se aplicaba a estudiantes, artesanos por cuenta propia, etc. [8].

Es curioso que en el periodo entre 1926-27, el número total de “empleados” era de 3.5 millones y el de obreros de 4.6 millones [9], lo que nos da una idea de cómo crece el número de funcionarios en la composición social del partido.

__________________
NOTAS

1.- Hay que destacar la posición de importantes teóricos de la Segunda Internacional, como Karl Kautsky y Rudolf Hilferding, favorables a la centralización monopolista del capital (capital monopolista de Estado), en la que veían la “antesala” del socialismo, cuando los trabajadores se hiciesen con el control del aparato de Estado burgués, por medios pacíficos y electorales, poniéndolo así a su servicio, sin necesidad de destruirlo. Posiciones que ya habían sido combatidas por Engels, tras la muerte de Marx, que se opuso firmemente al concepto de “estatismo” socialista, y posteriormente por Lenin, en su profunda y brillante crítica del revisionismo de Kautsky.

2.- V. I. Lenin. “Economía y política en la época de la dictadura del proletariado”. O. E. en 12 Tomos. Editorial Progreso. Moscú, 1973. Tomo X. Pág. 84.

3.- Idem. Pág. 87.

4.- V. I. Lenin. O.C. Tomo 29. Pp 176-177. Citado por Charles Bettelheim. “Las luchas de clases en la URSS. Primer Periodo (1917-1923)”. Siglo XXI Editores. Madrid, 1976. Pág. 299.

5.- Charles Bettelheim. Obra citada. Págs. 302 y 303.

6.- Idem.Pág.300.

7.- Charles Bettelheim. “Las luchas de clases en la URSS. Segundo Periodo (1923-1930)”. Siglo XXI Editores. Madrid, 1978. Pág. 300.

8.- Obra citada. Nota 309. Pág. 299.

9.- Idem. Pág. 305.